La triste realidad por Benjamín J. M.
La despedida
Pasillos tan largos como
cortas eran las vidas de los que habitaban en ellas, de un blanco envejecido,
casi gris, ocupados por trajes sin cuerpo que se movían a pesar suyo de un lado
para otro, sin alma, enmascarados, como autómatas desorientados. Miradas perdidas
que buscaban respuestas imposibles de encontrar. Universos de dolor y
sufrimiento que uno se cruzaba sin apenas levantar la mirada.
El silencio de aquellas
plantas encogía el corazón, la esperanza habían dejado de existir, únicamente
quedaba lo inevitable, mientras abrazaban obligados y aterrorizados, a la
maldita, cruel y fría resignación.
Sacar fuerzas de donde solo
quedaba un inmenso cansancio, sonreír o al menos intentarlo, se había
convertido en una tortura, no lograba recordar cuando estabas bien, todo se
reducía a la espera. Me ahogaba en mis pensamientos y sensaciones, incapaz,
cobarde y sin fuerzas para mirar a los ojos y admitir, o al menos decir la
verdad.
Tus ojos brillaron feroces
al verme entrar en tu habitación, te bajé la mascarilla a pesar de tus débiles
protestas, estabas tan pálida y delgada que se veía el entramado de venas bajo
tu piel. Tus pómulos afilados amenazan con desgarrar la piel, pero seguías
sonriendo a pesar del dolor, supe que sabías que se acercaba el final.
Pero a pesar de todo me dijiste
que nuestro mundo estaba en su sitio, que lo habías perdonado todo a todos,
afirmabas soñar con una vida mejor en cuanto pudieras salir de allí, me
contaste tus planes para el otoño. Hiciste hincapié en que teníamos que visitar
a los amigos antes de la navidad y me pediste que te sentara al lado de la ventana,
querías ver a la gente paseando por la calle. Me miraste y no pude evitar un
escalofrío, pero te di un beso a pesar de ti y de la maldita enfermedad que te
estaba apartando de mi lado, mientras la negra culpa roía mi atormentada alma.
Aquella noche te fuiste pronunciando mi nombre, sin saber la verdadera razón de
tu muerte.
Después de tantos años los
recuerdos de aquellos momentos siguen perforando mi conciencia, no he podido
olvidar tu mirada y no puedo dejar de maldecirme por mi cobardía. Era el verano
del año 2020, el mundo se estaba derrumbando a mi alrededor y a mí todo me
había dejado de importar.
Año 2025, hoy sería el día de nuestra despedida, últimamente a pesar de mí y cada vez más a menudo, mis pasos me llevan a visitar el lugar donde te vi por última vez. Ha pasado mucho tiempo y el dolor nunca ha desaparecido, creo que ha llegado el momento que alguien revele la verdad sobre los acontecimientos sucedidos los meses antes de aquel fatal y trágico desenlace.
No voy a decir mi nombre
porque no quiero que lo que me queda de familia lleve el estigma por lo que
estoy a punto de revelar, aunque de todas formas nada se puede hacer para
remediarlo.
La
oferta
Todo comenzó el primer día
que tuve la ocasión de mirar por primera vez las cosas a través de un
microscopio. Estaba en mi último curso de secundaria y me quedé maravillado por
lo que vislumbré a través de aquellas lentes. La fascinación por aquellos
mundos invisibles a simple vista, me llevó a dedicarme a la virología con todas
mis fuerzas. Me apasionaba la posibilidad de poder cambiar un mundo en el cual
aún existían cientos de enfermedades que no tenían cura. Me dediqué a mis
estudios con fervor y ahora que lo pienso, con una inocencia que solo tienen
los jóvenes idealistas que desean poder cambiar las cosas a mejor, sin pensar
si se debía o si merecía la pena.
Cuando acabé la carrera y
con la ayuda de algunas becas de mi universidad, me especialicé en el estudio
de los virus más raros de los que se tenían conocimientos, siempre con la idea
de poder ayudar a la gente y de paso, obtuve el reconocimiento de la comunidad
científica a mi labor, me convertí en el mejor virólogo del mundo o eso quería
creer.
La vida me sonreía, había
encontrado la mejor manera de curar un par de enfermedades raras gracias a mi
trabajo. Las más prestigiosas revistas científicas se peleaban por mis artículos,
hasta se hablaba de que podría optar al mayor de los premios. El Nobel llamaba
a mi puerta y yo seguía soñando encerrado en mi mundo perfecto.
Una tarde, estando en el
laboratorio revisando mis últimos trabajos, recibiría una visita que cambiaría
mi vida para siempre.
Se trataba del directivo de
una gran multinacional farmacéutica que me haría una oferta que nadie habría
podido rechazar estando en su sano juicio.
Quien haya estado
involucrado en la investigación pura, sabe que todo depende de los presupuestos
y de las voluntades políticas que reinan en las universidades. No siempre había
dinero según para qué cosas, fuera material, personal, o equipos que solían
costar miles de euros, cuando no millones. Muchas veces había voluntad, pero no
presupuesto, la frustración me atenazaba y me empezaba a molestar tener que
estar siempre peleando para poder seguir con mis investigaciones, no tenía
tiempo para burócratas y comités, todo esto me obligaba demasiado a menudo
dejar de investigar para conseguir fondos que siempre solían ser insuficientes
y sujetos a reglas absurdas y arcaicas. Además de estar siempre obligado a dar
cuenta de todos mis pasos y tener que presentar informes por cualquier nimiedad
relacionado con el dinero o mi trabajo.
Aquel directivo me ofreció
lo que yo soñaba para mis estudios, libertad total, presupuesto ilimitado y
unas remuneraciones considerables.
Al día siguiente, redacté mi
carta de renuncia a mi puesto en la universidad y me embarqué en la que
consideraba iba a ser la mayor aventura de mi vida. Nunca se me habría ocurrido
pensar en las consecuencias y el precio que iba a tener que pagar por mi afán
de querer ayudar a la humanidad.
Debo reconocer que aquello
era increíble, podía hacer y deshacer a voluntad. Mi laboratorio era
espectacular, seguridad máxima, los mejores secuenciadores de genes del
mercado, personal de lo más cualificado, los ordenadores más potentes y acceso
a los más mortíferos virus del mundo. Ébola, Marburgo, Hanta, Gripe Aviar, Fiebre
de Lassa, Merv-CoV y algunos más. Un paraíso a mi completa disposición, sin
restricciones ni ordenanzas. Inmediatamente me puse a trabajar, aislando,
recombinando, mezclando, en fin, creo que me volví un poco loco.
Mis investigaciones seguían
con buen pie, vivía en buen barrio, tenía dinero de sobra y un día entró en mi
vida una persona maravillosa que se llamaba Maylin, era especialista en
microbiología y después de un corto e intenso noviazgo, nos casamos a principio
del 2.000 y al año nacían dos gemelas preciosas, que se iban a convertir en el
centro de nuestras vidas.
Los años pasaron, la vida
nos sonreía, nada parecía enturbiar el horizonte hasta aquel fatídico día.
Mi director de proyecto me
llamó y me instó a reunirme con él en su despacho.
Nunca podré olvidar esa
fecha, era el 3 de febrero de 2.019 y fuera el sol brillaba. El director me
preguntó si podría aislar un virus que afectaba tanto a pangolines como a
murciélagos, estos últimos muy necesarios para la lucha contra plagas naturales
a gran escala.
Le dije que sí, aunque no
entraba exactamente en mi campo, pero era para el bien del país y no me costaba
mucho, así que me puse manos a la obra con la mejor intención del mundo. No voy
a entrar en demasiados detalles técnicos sobre el tema, sería largo y tedioso
para los profanos en la materia, el caso es que un tiempo después había
conseguido aislar al patógeno.
Estaba enfrascado en el
estudio de ese extraño virus, buscando un antídoto que redujera la mortandad de
murciélagos y pangolines. Cuando la mala suerte, demasiada confianza o
simplemente estupidez se conjugaron. Rasgué levemente mi traje de contención
sin darme cuenta, lo vi un poco más tarde, no era más que un ligero desgarro,
le puse algo de cinta y seguí con lo mío, pensé que solo era un virus menor,
nada por lo cual debería haberme preocupado. Lo que no había tenido en cuenta,
es que el virus en su estado puro, como más tarde se descubriría, era altamente
contagioso para los seres humanos.
Sin sospechar nada, pasé un
par de días de fiebre y malestar que atribuí a un ligero resfriado, sin darle
demasiada importancia, seguí con mi trabajo sin decir nada a nadie, no era la
primera vez que me resfriaba y a los dos días estaba como siempre.
Dos semanas después Maylin
se encontraba indispuesta, fiebre, molestias estomacales, dificultades para
respirar. Era algo raro, nunca había estado enferma antes, decidimos visitar a
un amigo médico para que nos diera su opinión y el diagnóstico resulto ser una
fuerte neumonía que requería una hospitalización urgente. Mientras instalaban a
mi mujer en su habitación, llamé a mis hijas que estaban en otra cuidad
estudiando en la universidad por si podían venir a casa una temporada, más que
nada para atender a su madre, mientras yo trabajaba, al día siguiente
aparecieron, como siempre alegres y llenas de vida.
Aunque sabía que Maylin
estaba bajo los cuidados de los mejores profesionales, por deformación
profesional, me llevé al laboratorio una muestra de saliva de mi esposa y me
puse a trabajar en ello. Dos días después, lo que surgía en mis resultados no
tenía demasiado sentido, bien aparecían los gérmenes de la neumonía, pero
también aparecía un tipo de virus que era muy parecido al que había estudiado
este último año. No podía salir de mi asombro, cómo diablos había podido
suceder aquello, no tenía sentido, era prácticamente imposible. En principio
aquel virus no era zoonótico, no se tenían noticias de ningún contagio por aquello,
es más, no tenía ni nombre.
Entonces recordé el pequeño
incidente del traje, preso del pánico me cogí una muestra de saliva y reproduje
el proceso, dos días después sentí como el mundo que había creado con tanto
esfuerzo se me caía encima. Ahí estaba el virus, la única diferencia con mi
esposa, es que yo no había desarrollado ninguna dolencia. Fue cuando me di
cuenta de que había sido yo el culpable de lo que le pasaba a Maylin, la había
contagiado.
Llamé a mis hijas, les hice
volver del hospital y me puse en contacto con mi superior solicitando una
reunión urgente, mediodía después mi laboratorio estaba patas arriba, todo
había sido confiscado, estudios, muestras, instrumental, archivos y me
arrestaron.
Un oficial del MSS, Ministerio
de Seguridad del Estado (servicio secreto) me estuvo interrogando dos días y
sin saber muy bien porqué, me dejaron ir.
Mi esposa había empeorado
mucho, los médicos me dijeron que solo era cuestión de tiempo, no pasó de
aquella noche. Dos semanas después eran mis hijas las que estaban ingresadas,
no volvieron a salir nunca del hospital, las perdí tan rápido como había
perdido a su madre. Lo poco que me quedaba de cordura desapareció el día que
las enterré.
Cinco años después y a pesar
de las vacunas que se han ido desarrollando sin gran efectividad, un tercio de
la población mundial ha fallecido, casi no queda gente mayor y muchos jóvenes han
muerto. Mi ciudad está media desierta, igual que muchas otras en el mundo, la
gente no sale de casa por el miedo al contagio, nos hemos convertido en un
estudio a gran escala, controlados, aislados, etiquetados. Ha muerto cualquier
atisbo de libertad, somos cuerpos sin rostros, guiados hacia algo que nunca se
podrá llamar futuro.
Ahora entiendo porqué me
dejaron libre en su momento. Ellos lo sabían y me dejaron marchar a sabiendas
que llevaba la muerte adherida a mi espalda.
Yo fui el caso número uno.
Cinco de octubre de 2.025
Ex doctor en medicina de un
laboratorio de Wuhan, China.
Benjamín J. M

Buenas Benja, lo primero es que se te echaba de menos; y lo segundo que es un buen relato, es lo que en el fondo todos pensamos. Muy valiente por tu parte. Me gusta lo despistado que es este científico, pero claro, todos lo son, no? Muchas gracias por traerlo. Un abrazo, compi.
ResponderEliminarBenjamín, tú relato me ha parecido brutal, desde la primera hasta la última palabra. De lujo!!
ResponderEliminarMuchas gracias, Laura y Lola, por vuestros amables comentarios, un gran incentivo para seguir.
ResponderEliminarBenja, tu relato me ha encantado , tan duro y triste como hay veces es la vida .
ResponderEliminarUn abrazote.
Gracias Isabel, me alegra que te guste, gasolina para mi boli, un saludo cordial.
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